La reciente decisión del Colegio Sagrado Corazón de no renovar el contrato con los clubes deportivos de la zona sur de la provincia de Buenos Aires ha dejado un vacío difícil de llenar en la comunidad deportiva. Esta medida, comunicada abruptamente en diciembre, no solo ha desestabilizado a los equipos afectados, sino que también ha puesto en evidencia una falta de consideración hacia el impacto social y deportivo que genera el handball en la región.
El argumento del colegio de que las instalaciones necesitaban reparaciones costosas y que tendrían otro destino parece, en el mejor de los casos, insuficiente. Si bien es comprensible que las instituciones educativas deban priorizar sus recursos, la falta de diálogo y planificación con los clubes que durante años utilizaron esas instalaciones refleja una desconexión con la realidad de la comunidad. ¿No era posible encontrar una solución conjunta que permitiera mantener el uso deportivo de las instalaciones mientras se realizaban las mejoras necesarias? La decisión unilateral del colegio no solo ha dejado a los equipos en una situación precaria, sino que también ha generado un daño significativo al tejido social que se construyó alrededor de estas actividades.
El caso más preocupante es el del equipo Sagrado Corazón, que ha sufrido la pérdida de numerosas jugadoras debido a la incertidumbre generada por esta situación. Este éxodo de talento no solo afecta al club, sino también al desarrollo del handball en la región. Las jugadoras, muchas de ellas jóvenes en formación, se ven obligadas a abandonar un proyecto deportivo que les brindaba no solo un espacio para competir, sino también un sentido de pertenencia y comunidad. La falta de previsión y apoyo por parte del colegio ha dejado a estas deportistas en un limbo, sin garantías de continuidad.
Por otro lado, Defensa y Justicia, aunque ha logrado reubicarse en el Instituto Santa Lucía, no deja de ser una solución temporal que no resuelve el problema de fondo. El hecho de que ambos equipos deban disputar sus partidos como locales en el club Sagrada Familia de Quilmes evidencia la falta de infraestructura adecuada en la zona para albergar a estos equipos. Esto no solo dificulta la logística de los clubes, sino que también afecta a los aficionados, quienes ahora deben desplazarse a otra localidad para apoyar a sus equipos.
La decisión del Colegio Sagrado Corazón no solo ha sido un golpe para los clubes, sino también para la comunidad en general. El deporte, y en particular el handball, es una herramienta fundamental para fomentar valores como el trabajo en equipo, la disciplina y la superación personal. Al privar a los jóvenes de estos espacios, se está limitando su desarrollo integral y se está debilitando una red de apoyo que va más allá de lo deportivo.
En lugar de cerrar puertas, el colegio debería haber buscado alternativas que permitieran mantener el uso deportivo de sus instalaciones, incluso si esto implicaba realizar ajustes o buscar alianzas con otras instituciones. La falta de voluntad para encontrar una solución conjunta no solo ha dejado a los clubes en una situación precaria, sino que también ha enviado un mensaje desalentador a la comunidad: que el deporte y sus valores no son una prioridad.
En definitiva, la decisión del Colegio Sagrado Corazón es un ejemplo de cómo la falta de diálogo y planificación puede tener consecuencias negativas para toda una comunidad. Es hora de que las instituciones educativas y deportivas trabajen juntas para garantizar que el deporte siga siendo un pilar fundamental en la formación de los jóvenes y en el fortalecimiento de los lazos comunitarios. El handball en la región merece más que soluciones temporales y decisiones unilaterales; merece un compromiso real con su desarrollo y crecimiento.