El Padre Miguel Hrymacz, titular de la parroquia Medalla Milagrosa de la avenida Senzabello, nos dejó hoy tras sufrir un infarto en el Hospital El Cruce, mientras se preparaba para recibir el alta. La noticia ha caído como un balde de agua fría en la comunidad de Florencio Varela y alrededores, que conocían y apreciaban profundamente su entrega y vocación de servicio. Apenas unas horas antes, el Obispado de Quilmes había informado que la intervención del pasado 29 de agosto, donde le colocaron dos stents, había sido un éxito y que el Padre Miguel se encontraba en buen estado y de buen ánimo.
Sin embargo, esta tarde, mientras se aprestaba a dejar el hospital, la tragedia golpeó de manera inesperada. El Padre Miguel, fanático de Racing Club y una figura emblemática de su barrio, será recordado no solo por su dedicación religiosa, sino también por su calidez, cercanía y un compromiso inquebrantable con los más vulnerables.
Una vida al servicio de los demás
El Padre Miguel Hrymacz dedicó su vida a la iglesia y a la comunidad. Desde su llegada a Florencio Varela, se convirtió en una figura central para los fieles de la parroquia Medalla Milagrosa. Conocido por su humildad y su habilidad para conectarse con todos, sin importar su origen o condición social, el Padre Miguel siempre tuvo una palabra de aliento, un gesto de cariño y un compromiso firme con quienes más lo necesitaban.
En su rol como párroco, llevó adelante múltiples iniciativas para apoyar a los sectores más desfavorecidos. No solo brindaba asistencia espiritual, sino también material, ayudando a vecinos en situaciones de vulnerabilidad a través de la distribución de alimentos, ropa y asistencia en trámites. Era habitual verlo en las calles, conversando con quienes estaban atravesando momentos difíciles, ya fueran jóvenes en riesgo, personas sin hogar o familias en situación de pobreza.
Educación y valores
El Padre Miguel también fue un fuerte defensor de la educación como herramienta para el cambio social. Fomentaba la participación de los jóvenes en actividades formativas y recreativas, y colaboraba activamente con las escuelas del barrio. Su enfoque siempre fue hacia la inclusión y el desarrollo integral de las personas, promoviendo valores como la solidaridad, el respeto y la dignidad humana.
Entre sus proyectos más destacados, se encuentra la creación de espacios de apoyo escolar y contención para los chicos del barrio, donde los voluntarios ayudaban a los niños y adolescentes a mantener sus estudios al día y a tener un lugar seguro donde aprender y crecer. Estas acciones no solo mejoraban las oportunidades educativas de los más jóvenes, sino que también fortalecían el tejido social del barrio.
Un pastor cercano a su comunidad
El Padre Miguel era más que un sacerdote; era un vecino más. Se ganó el cariño y el respeto de todos por su manera de ser: siempre con una sonrisa y una escucha atenta para quien se acercara. En sus misas, no faltaban las menciones al equipo de sus amores, Racing Club, mostrando una faceta más humana y accesible que lo hacía aún más querido.
Su despedida no será fácil para la comunidad, pero su legado perdurará en las acciones y los recuerdos de todos aquellos a quienes tocó con su bondad. Durante los días siguientes, se espera que cientos de vecinos se acerquen a rendir homenaje al hombre que, con sus actos, sembró esperanza y fe en los corazones de muchos.
El legado de un hombre de fe y acción
El impacto del Padre Miguel trasciende su rol en la iglesia. Su trabajo fue una constante demostración de la importancia de tener un Estado presente y una iglesia comprometida con los problemas reales de la gente. Era un hombre que no solo predicaba desde el altar, sino que bajaba a las calles para estar codo a codo con su gente, luchando contra las desigualdades y buscando soluciones concretas para mejorar la vida de los más desfavorecidos.
La noticia de su partida deja un vacío inmenso, pero también una enseñanza valiosa: la importancia de estar al servicio de los demás, de construir una comunidad más justa y solidaria. Su legado es un llamado a seguir adelante con su ejemplo, recordando siempre que la fe se demuestra en acciones y que el verdadero poder está en ayudar a quien lo necesita.
Hoy, la Medalla Milagrosa y todo Florencio Varela despiden a un pastor que supo vivir con humildad y generosidad, y que deja un ejemplo imborrable de lo que significa vivir en servicio de los demás.