Vivir para contarlo


(Lilén Mercado)

En Argentina, cada 18 horas una mujer es asesinada, víctima de la violencia machista.

Las estadísticas de los organismos oficiales son escasas o están desactualizadas.

La mayoría de los casos se dan en el ámbito privado, la violencia es intrafamiliar, por parte de las parejas o ex parejas de las víctimas, que a pesar de realizar denuncias o tener restricciones perimetrales, incluso el botón antipánico, los hechos se siguen sucediendo.

La falta de control sobre los hombres que son denunciados y apartados de sus hogares, la falta de preparación de las fuerzas de seguridad y de los organismos públicos para trabajar con víctimas de violencia de género, son sin dudas, uno de los factores fundamentales para que estas estadísticas alarmantes sigan aumentando.

“Cuando fui a denunciar, me hicieron firmar siete denuncias, porque a medida que me iba acordando iba agregando cosas, pero mientras estaba denunciando aparecieron en la comisaría 5 de los violadores”, afirma Paula Martinez. El 10 de diciembre del 2016, asistió a un cumpleaños frente a su casa, un conocida de su infancia la había invitado, a pesar de su negativa, el día de la fiesta la chica la fue a buscar tres veces a su casa, hasta que Paula accedió a ir.

Con 19 años, Paula sabe que haber ido a una fiesta, incluso, aceptar salir un rato con un pibe que también estaba en ese lugar no tiene nada de malo, “hice lo mismo que cualquier chica de mi edad, sé que no tiene nada de malo, y acepto que me fuí con uno, lo acepto porque después me lo dicen”, sostiene con la voz firme y una mirada que no baja nunca.

Y lo que Paula afirma es cierto, ni la ropa, ni las circunstancias, ni siquiera el lugar en el que ella se encontraba justifican una violación, un no, siempre es un no, aunque la cultura de la violación diga lo contrario, nadie tiene derecho a pasar por encima de esa negativa, y cuando ese límite es traspasado no queda nada más que discutir, es un abuso.

“Se que estaba drogada, porque sino no me hubiera ido, no estaba en mis cabales, no estaba en un estado en el que podía decidir si voy o no voy. En otro momento no hubiese ido, y no hubiese subido a esa camioneta, estaba drogada”, sabe que es así, porque lo sintió, pero el accionar de la policía ante la denuncia de Paula nunca podrá revelar con qué sustancia fue drogada, porque no le realizaron los análisis pertinentes. 

Después de prestar declaración en la comisaría 2da de Florencio Varela, a Paula la derivan al cuerpo médico forense de Bernal, donde debian revisarla y hacer los peritajes para comprobar su versión de los hechos, además debían aplicarle el kit de violación y por ley debía ser atendida por una médica mujer.

En la práctica los hechos sucedieron de una manera totalmente incorrecta, la falta de capacitación de las fuerzas policiales para trabajar con estos casos, no sólo generan que la víctima no se sienta contenida por quienes deben brindar protección sino que las irregularidades a la hora de realizar las pericias, tiene como consecuencia que luego falten las pruebas para avanzar con las causas.

En el caso de Paula, en el cuerpo médico forense, fue atendida por un médico varón, algo que se encuentra prohibido, no le realizaron el hisopado, ni los análisis de sangre, no le proveyeron el kit de profilaxis, ni alguna otra medida sanitaria que la proteja de la posibilidad de enfermedades de transmisión sexual, o de un embarazo producto de la múltiple violación que sufrió.

Esto tiene consecuencias, jurídicas y morales. En primer lugar la falta de las pruebas científicas hace que la causa no pueda avanzar porque no hay pruebas contra los acusados, por esta razón a los cinco hombres que reconoce como sus violadores solo se les tomó una declaración informativa, ninguno declaró en calidad de imputado. En segundo lugar, a pesar de que la ley 26.485 de violencia de género, provee un protocolo de actuación para las fuerzas de seguridad para estos casos, la principal sospechosa sigue siendo la víctima: “la fiscal no me cree”, sentencia Paula, esto se debe a los dichos del secretario de asistencia a la víctima de la UFI 8 de Florencio Varela, quién le afirmó a Paula que sólo el 70% de las denuncias por violación son ciertas, y que él no estaba en condiciones de afirmar que ella estuviera diciendo la verdad.

Pero quizás el golpe más rotundo de la justicia, es cuando ordenan la pericia psiquiátrica para Paula; ya no quedan dudas, para la justicia, el relato de Paula no es creíble. Esto podría enmarcarse en otra cuestión que suele darse en estos casos: la revictimización.

Paula fue víctima de quienes no respetaron su voluntad y la abusaron, de la policía cuando se acercó a hacer la denuncia y de la justicia que no le cree y que tampoco indaga en la vida de los acusados, de la misma manera en la que si lo hace en la vida de ella.

La cultura de la violación se hace presente en cada parte de esta historia, la culpa es de la víctima. A pesar de que el Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo registra en el año 2016, una cifra de 215 mil denuncias en la provincia de Buenos Aires, realizadas en comisarías de la mujer, contra 195 mil del año 2015, no parece haber cambios en la forma de llevar adelante estos casos en el territorio provincial, porque los cuestionamientos de las autoridades competentes siempre se ubican de la misma vereda, ¿Que hizo la víctima para ponerse en esa situación?, ¿Cómo iba vestida, o en qué lugar estaba cuando la violaron?, ¿Había tomado alcohol?, ¿estaba sola o acompañada?, como si las respuestas a estos interrogantes, fueran razón suficiente para afirmar la tan arraigada frase de “se lo buscó”.

Paula insiste en el que accionar de la policía fue determinante para que este proceso no avance: “cuando me hicieron la revisación el médico llenó sólo el informe, no me preguntó nada. No entendí lo que había escrito, cuando volví a la comisaría le pregunté al policía que decía y me dijo: “acá lo único que dice es que no sos virgen”. En la denuncia pusieron que yo estaba alcoholizada, y que me estaba besando con Gonzalo Sandoval”, “en el momento del abuso me filmaron, y ese video se lo pasaron, hicimos una presentación en la fiscalía para que Whatsapp entregue los videos y se negaron y tampoco capturaron los celulares. Hay mucha negligencia en Varela, arreglan todo entre ellos, acá no hay justicia, se cierra y listo, después te comunican lo que hacen y nunca es a favor de la víctima”, asegura.

Sandra Zapata, es la madre de Paula, junto a su pareja, son quienes la acompañan en este pedido de justicia. Sandra desde su lugar de madre sostiene que la justicia no realiza bien su trabajo, desconfía de la forma en la que llevan adelante la investigación, y al igual que su hija, vive con miedo desde hace un año, no sólo porque los acusados son vecinos del barrio, sino también por las amenazas que reciben constantemente a pesar de tener desde hace 5 meses una consigna policial en la puerta de su casa.

Sandra, escucha atentamente el relato de los hechos que le tocaron vivir a su hija, mientras ceba mate, dice que desde que pasó todo esto cambió totalmente su vida, casi no sale de su casa, y tampoco lleva a sus hijos al jardín. “Si hubiera sabido que iba a pasar todo esto, no denunciaba, es lamentable pero es a lo que te llevan, a no querer denunciar”, reflexiona, y agrega que a pesar de todo van a seguir adelante, para que no se repita esta historia, “no hay que acostumbrarse a vivir así”.

Más allá de lo poco alentador que parece el panorama judicial tanto Paula como Sandra, advierten que no van a bajar los brazos hasta conseguir justicia, los 11 meses que llevan transitando este camino, las cruzó con otras víctimas que tampoco obtienen respuestas favorables por parte de la justicia varelense. El dolor por el que atraviesan lejos de separarlas las une y decidieron formar una agrupación para apoyar los reclamos de justicia, no sólo para víctimas de violación, sino como expresa Paula: “para todas las que sufren algún tipo de violencia, ya sea golpes, acoso, todo”. La visibilización del reclamo se transforma en ganas de luchar y salir a las calles a hacerse presentes y que estos casos no queden en el olvido.

“Corazones unidos”, es el nombre que decidieron darle a esta agrupación, de la cual también es parte Erica Obregón.

Erica sufrió un intento de femicidio por parte de su ex pareja, Maximiliano Fontela. El noviazgo fue violento desde el principio, “comenzó con celos, no me dejaba pintarme, ni ponerme la ropa que yo quería, de a poco me empezó a aislar de mis amigos, no me dejaba salir”, detalla la adolescente de 17 años.

El Consejo Nacional de las Mujeres, elaboró un informe sobre las llamadas realizadas a la línea 144 entre los años 2013 y 2015; de las consultas realizadas entre los 16 y 17 años, un 95% de las víctimas son mujeres. Y en la franja que va de los 15 a los 24 años, el 59% el agresor es el novio o novia, mientras que el 40% es una ex pareja.

La mayor parte de los casos eran por violencia psicológica, como celos, insultos y humillación, y violencia física, que incluye golpes y maltrato.

Desde decirle que era una zorra por usar un short, hasta golpearla, así vivió Erica la relación con su ex pareja, “hasta que yo decidí terminar la relación, ahí comenzó mi infierno”, expresó.

Un informe presentado en abril de este año por La Casa del Encuentro, arroja cifras preocupantes, en los últimos 9 años, 329 adolescentes de entre 16 y 21 años fueron víctimas de femicidio en Argentina, de los cuales un 47% murió baleada o apuñalada.

El ex novio de Erica no sólo la maltrataba físicamente sino también psicológicamente, cuando la relación había concluido, la acosaba por whatsapp y facebook, la amenazaba con matarse, la seguía a la escuela, y no dejaba que nadie se le acerque. En una oportunidad, Erica conversaba con un compañero dentro de la escuela, el agresor que la espiaba desde afuera vió la situación y a la salida de la escuela golpeo al chico.

La inseguridad a la que se ve expuesta Erica es desesperante, su agresor vive a sólo 50 metros de su casa, y las amenazas de entrar a su vivienda cuando está sola, no quedaron sólo en eso, se convirtieron en realidad una mañana que se encontraba durmiendo y su mamá se había ido a llevar a su hermano a la escuela.

Mientras Erica dormía Maximiliano entró a su casa, llegó hasta la habitación y comenzó a asfixiarla. La secuencia duró unos minutos, el agresor la suelta y se va a otra habitación de la casa: “me levanto y voy a la cocina y agarro mi celular, para hablarle a alguien y me dice: ¿que le vas a hablar a tus machos?, y le digo no, y me tira al piso y me empieza a ahorcar. Sentí que me moría, porque ya no tenía oxígeno. Mientras me ahorcaba me decía: PUTA SI NO ESTAS CONMIGO NO SOS DE NADIE”, explicó.

Con las fuerzas que le quedaban, Erica le pidió que la suelte, e intentó pedir ayuda, pero el agresor la arrastró de los pelos hasta la habitación, la golpeó y le clavó un cuchillo en el cuello, al ver la herida, el agresor se fue. Erica salió a la calle y pidió ayuda.

Erica concurrió acompañada de su madre a realizar la denuncia a la comisaría 1ra de Florencio Varela, y fue trasladada al Hospital Materno Infantil para revisar sus heridas, al regresar a la comisaría su agresor se presentó para realizar una denuncia, “cuando lo vi ahí entre en pánico”, remarcó. Desde ese momento sufre ataques de pánico, y tuvo varios intentos de suicidio, mientras tanto su ex pareja, goza de la prisión domiciliaria que le otorgó la justicia de menores de Quilmes, al mismo tiempo, ella sólo consiguió una restricción perimetral que NO se cumple y un botón antipánico, no sale sola de su casa y si lo hace es en remis.

“Hasta que no me mate no va a haber justicia. No llevo una vida normal, no puedo salir como cualquier chica, tengo que estar soportando que los familiares me amenazan de muerte. No es fácil, mi vida cambió totalmente, no puedo estar tranquila, no se si salgo de mi casa y voy a volver”, de esta manera, Erica vive día a día, sin tranquilidad, y sin justicia.

Tanto Erica como Paula son víctimas de un sistema patriarcal, donde la cosificación de las mujeres está a la orden del día, la naturalización de la violencia pasó a ser moneda corriente y los tiempos de la justicia juegan a favor de los victimarios, mientras que a las víctimas les espera el encierro, el miedo y la voluntad de seguir adelante a pesar de todo: “no nos queremos acostumbrar a esto”.