El derecho a morir dignamente


 

(Lilén Mercado)

Simón Churuba tiene 95 años y padece cáncer terminal, esta enfermedad lo mantiene postrado en la cama desde hace meses.

Su situación médica es compleja, y requiere de muchos cuidados, sólo puede ingerir alimentos.de forma líquida y necesita nebulizarse varías veces al día.

Desde hace meses Simón y su compañera Alba, padecen la falta de luz. A pesar de estar al día con la factura de Edesur, como en muchos barrios varelenses, la zona de Bosques donde viven no tiene servicio eléctrico con la continuidad que corresponde. La vida de Simón no depende estrictamente de estar conectado a un aparato eléctrico, por está razón no puede ser considerado por la ley de electrodependientes.

Pero aparentemente tampoco puede ser considerado por ninguna otra razón. La insensibilidad y el Estado de abandono es tan grande, que ni una enfermedad terminal es motivo suficiente para que quienes deben velar por las vidas de todos los ciudadanos varelenses tomen en consideración actuar frente al pedido desesperado de una persona que realmente tiene los días contados y un único pedido: poder morir en su casa, dejar este mundo en el confort que tratan de brindarle todos los días Alba y Noemí que es su cuidadora.

Esta nota podría ser ilustrada con una foto o un vídeo de un adulto mayor, que se encuentra totalmente indefenso, que no puede hablar ni moverse, que ya no tiene fuerza para levantarse, que un traslado puede poner en riesgo lo que le queda de vida. Pero no, está nota y la imagen que la acompaña reflejan la penumbra. La oscuridad peligrosamente insensible que cubre a nuestros adultos mayores, la soledad en la que se encuentran cuando hacen un reclamo, la poca solidaridad de los representantes del pueblo varelense que miran para otro lado frente a casos como el de Simón, que ante los reclamos y pedidos de ayuda que se les acercan por Facebook responden con bloqueos.

La salud de Simón no es la única en riesgo, Alba también tiene sus propios padecimientos: “Tengo una discapacidad y tengo que usar bastón para poder movilizarme, me opere de una rodilla y no pude todavía ir al médico a llevar mis estudios ni operarme de la otra rodilla porque no puedo dejarlo sólo, el en cualquier momento se ahoga y hay que ayudarlo, entonces tampoco puedo ocuparme de mi salud porque primero está él. No duermo porque a la noche estoy con velas prendidas y me da miedo que se caigan y se prenda fuego”, relató.

Una vida por otra, la salud de uno por sobre la del otro, el que está un poquito mejor, ayudando al que ya no puede más, cuando ambos deberían poder ser asistidos por igual. La vulnerabilidad de este caso, deja al descubierto otras situaciones, y es el abandono en el que está una gran parte del pueblo varelense.

Mientras se llevaba adelante está entrevista, "mágicamente" volvió la luz, pero no fue gracias a una cuadrilla de Edesur, fue por un vecino que bajo la lluvia se trepó a uno de los postes y conectó la fase de la cuadra poniendo consciente o inconscientemente su vida en riesgo, “acá la gente se arregla así, como están todos enganchados, conectan y 2 o 3 días hay luz, después se vuelve a cortar, yo no me quiero enganchar, pago la luz como corresponde y los impuestos municipales, llamas para reclamar y te cortan el teléfono”, asegura Alba.

Simón no tiene tiempo, ni la posibilidad de resolver por su cuenta los problemas burocráticos que le impiden hoy pasar sus últimos días en paz. Frente a la desesperación y el abandono sólo le queda el amor de su compañera y la esperanza de que esta situación finalmente se revierta para poder morir con la dignidad que desea.